sábado, abril 25, 2026

Los dramas biográficos, en general, no suelen ser las historias cinematográficas más significativas e innovadoras, pero en los últimos años tuvimos grandes ejemplos para destacar, desde la oscarizada Oppenheimer (2023) de Christopher Nolan hasta la Spencer (2021) de Pablo Larraín. Películas que buscan meterse en la psique de su ‘objeto de estudio’ para humanizar, desmitificar o intentar entender a la figura desde diferentes puntos de vista, en vez de solo replicar momentos relevantes de sus vidas como si se tratara de una entrada en Wikipedia. Las biopics musicales son aún más ‘problemáticas’, ya que pocas veces logran apartarse de una fórmula establecida donde el espectáculo y los hits opacan a los protagonistas. 

Mientras Sam Mendes prepara su ambicioso proyecto sobre The Beatles –cuatro películas a estrenarse simultáneamente en 2028–, las biopics musicales siguen invadiendo la pantalla. En menos de una década, ya tuvimos Bohemian Rhapsody: La historia de Freddie Mercury (Bohemian Rhapsody, 2018), Rocketman (2019), Respect (2021), Elvis (2022), Maestro (2023), Back to Black (2024), Bob Marley: La Leyenda (Bob Marley: One Love, 2024), Better Man (2024), Un Completo Desconocido (A Complete Unknown, 2024) y Springsteen: Música de Ninguna Parte (Springsteen: Deliver Me from Nowhere, 2025), solo para nombrar algunas. Muchas de ellas lograron conectar con el público masivo para convertirse en verdaderos éxitos de taquilla, otras no lograron convencer ni a la crítica, y la mayoría fracasó en ambos frentes por su falta de ‘originalidad’, tanto estética como narrativa. 

Nadie pretende que reinventen la rueda cuando se trata de estas historias, pero Rocketman, Better Man y Letras Explícitas (Straight Outta Compton, 2015) demostraron que se puede sumar creatividad, sobre todo cuando los propios artistas se involucran en los proyectos y permiten que sus historias sean contadas con honestidad (brutal), como ya dijimos, dejando entrever el lado más humano –e imperfecto– de estos ídolos inalcanzables. 

El estreno de Michael (2026) de Antoine Fuqua vuelve a abrir el interrogante: ¿por qué cuesta tanto innovar en estas historias biográficas? Se sabe que el proyecto sufrió varias modificaciones a lo largo de su desarrollo debido a que las demandas legales no pueden figurar en la trama, pero el guion de John Logan tampoco encuentra lugar para hablar con sinceridad de su protagonista (una gran personificación de Jaafar Jackson), sus conflictos familiares o sus complejidades, muy elusivas en una narración de dos horas más interesada en la recreación y el formato de ‘concierto’, que en plasmar los elementos más atractivos de cualquier ficción.  

Michael (2026) se esfuerza por replicar el éxito –y aquello que funcionó– de Bohemian Rhapsody, a fin y al cabo comparten productor (Graham King); pero incluso la simplificada historia de Freddie Mercury se permite sus momentos de mea culpa, centrándose en los hitos de la banda y el cantautor, para cerrar en lo más alto con la recreación de la presentación de Queen en el Live Aid. La película de Fuqua sigue un camino similar, saltando de año a año, mostrando la evolución de MJ desde su época con The Jackson 5 hasta el inicio de su carrera en solitario, en los primeros tramos de la década del ochenta cuando se consagró como el ‘rey del pop’. Un final sin sustancia y la promesa de una continuación dañan una trama, de por sí, poco interesante donde Michael no es más que una figura idealizada y sin matices. 

No es necesario incluir los escándalos mediáticos para crear un personaje atractivo para el público, pero en esta necesidad de marcar límites y jugar a lo seguro, los realizadores se apoyaron demasiado en el fan service y los ‘momentos icónicos’ tan reconocidos por todos. Incluso una película fallida como Deliver Me from Nowhere, intenta encapsular una etapa del artista –durante la complicada creación de su álbum Nebraska, en 1982–, sumergiéndonos en las luchas personales y profesionales de “El Jefe”, cuando debe hacerle frente a los conflictos de su pasado y la depresión que atraviesa en el presente. 

Habrá que ver qué nos depara el futuro de las biografías musicales. Si el plan ambicioso de Sam Mendes funciona o si la historia de Joni Mitchell consigue a un buen aliado en Cameron Crowe, su supuesto director. La lista sigue y sigue, pero el desafío de logar un buen equilibrio entre narrativa, estética y espectáculo continúa para los realizadores que se sumergen en este universo de ídolos e historias verdaderas.

Jefa de redacción. Nolaniana incurable. DC me da y me quita.