miércoles, julio 15, 2026

Es muy complicado juzgar una película de Christopher Nolan después de un solo visionado, no porque sea difícil de entender, sino por los matices y los detalles que se esconden en cada rincón del cuadro. La Odisea (The Odyssey, 2026) no es la excepción, y hay mucho para analizar después de que se encienden las luces de la sala, ya que, así como Oppenheimer (2023) no es la típica biopic o drama histórico, esta nueva adaptación del poema de Homero tampoco es la típica aventura del cine de “espadas y sandalias” (swords and sandals). 

Hace rato quedó claro que a Nolan no le interesa el rigor histórico ni caer en lugares comunes, incluso cuando se trata de figuras y hechos reales. Su misión, ante todo, es entretener, pero busca crear un universo coherente alrededor de sus personajes y la temática que quiere poner sobre la mesa. Por eso, La Odisea va más allá de la epopeya y el recorrido de este héroe de la Edad de Bronce, al punto de conectar con muchas de las reflexiones de su película anterior y nuestro propio presente. 

Odiseo (Matt Damon) es un comandante leal, un estratega astuto y el querido rey de Ítaca, ausente hace casi 20 años cuando decidió responder al llamado de Agamenón (Benny Safdie) y partir hacia la guerra y la conquista de Troya. Atrás dejó a una esposa amorosa, Penélope (Anne Hathaway), y a su pequeño hijo Telémaco (Tom Holland al crecer): un príncipe que solo conoce a su padre a través de las canciones que se recitan en su honor. 

UN LARGO CAMINO A CASA

Los diez años de asedio y de combates en Troya dejaron su marca en Odiseo y sus hombres. Con la ciudad destruida, todos los barcos vuelven a casa, pero para el rey de Ítaca no será tan sencillo. Mientras tanto, en su palacio, se libra una batalla muy diferente. El reino carece de un rey y los jóvenes (y no tanto) pretendientes esperan que Penélope elija a un nuevo marido y sucesor. Llevan años instalados en su casa, abusando de su gentileza –la Xenía (o Ley de Zeus), un código moral y sagrado de hospitalidad que exigía a los anfitriones tratar a los viajeros con generosidad, y a los huéspedes corresponder con respeto– y los recursos. 

Al frente de los pretendientes está Antínoo (Robert Pattinson), un noble que ambiciona quedarse con todo y sacar del camino al joven príncipe. Penélope nunca pierde las esperanzas ante el regreso de su esposo, pero sí la paciencia con su hijo quien, ante la amenaza de Antínoo y sus cómplices, decide salir a buscar noticias del paradero de su padre. Para él es un viaje de descubrimiento y la última travesía como ‘niño’ antes de dar el siguiente paso como adulto. Esta es una de las líneas temporales que Nolan decide explorar, al mismo tiempo que reconstruye el viaje de Odiseo de regreso a su hogar y sus seres queridos. 

Y esa, justamente, es una odisea más intrincada y peligrosa. En el medio hay todo tipo de calamidades, pero también las consecuencias de la guerra. Homero nunca habla de estrés postraumático porque no había manera de definirlo tres mil años atrás, pero las luchas internas del héroe y su relación con los dioses se dejan ver en el relato original, algo que el realizador explora en cada paso del camino y cada nuevo obstáculo que Odiseo y su tripulación –cautelosa y recelosa con cada nueva decisión de su rey– deben superar.

La hubris (arrogancia) de Odiseo es un tema central para Nolan, tanto como su famosa astucia al pergeñar el ardid del caballo de Troya. También la insistencia con la Xenía y los diferentes puntos de vista de los narradores de esta historia, que va y vuelve en el tiempo (como el poema original) para reconstruir esos años de ausencia. 

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UNA ODISEA MONUMENTAL

A pesar de su fama de querer anclar todo en el realismo, Nolan no duda ni un instante en sumergirse –y sumergirnos– en los aspectos más fantásticos y, porque no, terroríficos de esta historia. La fotografía, el sonido, la banda sonora de Ludwig Göransson, la puesta en escena y cada apartado técnico se ponen al servicio del relato, pero nunca buscan opacar aquello que se quiere transmitir con las palabras y las acciones. Cada paso de la ‘aventura’ se siente espectacular (sobre todo en la pantalla IMAX), desde el asedio de Troya hasta el encuentro con los lestrigones; pero lo más destacado es la intimidad, las emociones y la humanidad de los personajes en medio de una epopeya donde hay cíclopes, hechiceras capaces de convertir a los hombres en cerdos y monstruos de seis cabezas.        

Al igual que en Oppenheimer, Nolan inunda la pantalla con caras muy conocidas y actuaciones acotadas. No todos los intérpretes tienen escenas extensas, pero cada uno aporta a la narrativa de manera brillante. Matt Damon y Anne Hathaway son el corazón de la película, pero Elliot Page es el ancla emocional que termina de unir todas las narrativas en uno de los mejores desenlaces de la filmografía del director. Después, cada uno tendrá sus personajes secundarios favoritos, en mi caso, John Leguizamo como el fiel sirviente Eumeo; Himesh Patel en el papel de Euríloco, segundo al mando de Odiseo y la voz de su conciencia; Bill Irwin dándole vida a Polifemo; Robert Pattinson y Samantha Morton como Circe.

Con su adaptación e interpretación del texto de Homero, Nolan busca darle contemporaneidad y accesibilidad a una historia milenaria y bastante conocida (en líneas generales). Las imágenes no carecen de esa épica y espectacularidad que roban el aliento –al fin y al cabo es Christopher Nolan–, pero, sin entrar en detalles, son los momentos más humanos los que se roban la película. 

No todo fluye con armonía desde el principio y muchas secuencias son más cortas de lo que a mí me gustaría (imposible meter todo en tres horas duración), pero una vez que la narración encuentra el ritmo, nos lleva de la mano y no nos suelta hasta los créditos. El lenguaje moderno no molesta y, a diferencia de otras películas de Nolan, La Odisea encuentra el balance perfecto entre música, sonido y diálogos.  

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CONCLUSIÓN

La Odisea no es una película perfecta (ninguna lo es), pero sí se siente personal y original en el mundo de los blockbusters. Nolan se apropia del relato de Homero y suma su propio punto de vista sobre los traumas de su protagonista –uno que debe lidiar con las secuelas de su creación–, las consecuencias morales de la guerra (cualquier guerra) y el miedo ante el colapso de la civilización; temas que, hace rato, se vienen colando en cada una de sus obras.  

Puntaje: 4.5 de 5

Jefa de redacción. Nolaniana incurable. DC me da y me quita.